1. En estos tiempos la nostalgia hace su oficio. Las navidades siempre fueron la confluencia de familia, amigos, música, buena comida y afecto derramado como miel –así de pegostoso– sobre la gente querida. Esto ha sido destruido durante 20 años.
  2. La desorganización de la sociedad es el efecto de una dinámica muy profunda, ligada a los objetivos que se propuso el chavismo: el control social. No han buscado y obtenido solo el dominio político sino también el de las fuerzas intelectuales y espirituales de la nación. No han vencido finalmente porque hay resistencia; pero, no hay que engañarse, tienen ese control sobre el país. Su lenguaje se ha impuesto; la terminología falsamente épica de Chávez y la forma de nombrar las cosas han forzado su imperio, el de la palabra. La diferencia se ha transformado en hostilidad; los adversarios en enemigos. No es solo el régimen el que desarrolla y vive el encanallamiento, sino la sociedad en general lo que incluye, en buena medida, las élites democráticas.
  3. Como todos, participo de muchas de las redes sociales, estoy en chats de gente más o menos afín, y muchas veces veo que se han deshecho los nexos básicos que permiten la comunicación inteligente. Hay opositores que se tienen como luchadores por la libertad que cuando les mencionan el nombre de algún adversario lo que les emerge del alma es la destrucción. No es un fenómeno individual, producto de la exasperación de una sociedad asediada por la crisis y la pandemia; es más que eso.
  4. Hemos visto cómo los exilios de toda naturaleza han averiado las familias. La diáspora tiene una dimensión grandiosa en la medida en que hay compatriotas en todas partes haciendo cosas buenas en su inmensa mayoría. Sin embargo, la diáspora es expresión de una honda ruptura del tejido familiar y social que no puede ser sustituido por Zoom, Skype o WhatsApp. La ausencia del reflejo de nuestra mirada en el otro, la lejanía de la piel fraterna, la inexistencia del plato compartido, son minitragedias que se suman a la gran tragedia del hambre, la privación, la incertidumbre y algo que ha sustituido al cese de la usurpación que es el cese del futuro.
  5. El tejido social está constituido por la miríada de conexiones entre las personas, amasadas a lo largo de la vida familiar, amistosa, laboral e institucional. La existencia se da allí desde que se nace, como parte de una red en la que el ser humano se constituye. El régimen lo que ha hecho es destruir esa estructura de pertenencia: ha pasado el escalpelo por los bordes de cada ser humano y lo ha dejado íngrimo y solo, en sus necesidades materiales y espirituales; individuos solo aptos para asistir a sus propios funerales que, ahora, duran años.
  6. Una vez destruida la red o averiada mortalmente, el régimen lanza sus mecates para que los ciudadanos se agarren de ellos; así se da una nueva relación entre la gente, mediada no por el trabajo o los afectos, sino por las urgencias: las colas por la comida o las medicinas, por el pasaporte o la cédula, las bolsas de CLAP o los magros depósitos bancarios que valen lo que uno, dos o tres huevos.
  7. En las fisuras creadas por la destrucción del tejido social se instala el poder rojo. Allí, exactamente allí, donde se tiende una mano para encontrar la del familiar o el amigo, se instaló la Corporación Criminal que extiende su garra, con la que ciñe y somete.
  8. La diáspora de más de 5 millones y medio de venezolanos, sobre una población de aproximadamente 32 millones de habitantes, es más de 17% de la población que traspasó las fronteras. No son solo personas sino lazos deshechos, despedidas de quién sabe hasta cuándo, aventuras sin encanto; en centenas de miles de casos sin que la palabra futuro pueda o merezca ser pronunciada.
  9. También hay una diáspora interna. La movilización desde pueblos y ciudades hacia otros pueblos y ciudades a ver si el destino es mejor, donde se encuentran muchas veces rezagos de ese tejido que se desvanece a lo largo de los años. Todas estas diásporas, internas y externas, hablan de algo muy profundo que es irse, estar yéndose o querer irse, es desplazarse hacia algún lugar que no se sabe qué reserva al viajero. Esa idea de otear hacia lugares dónde vivir, aunque por condiciones de diferente naturaleza no se pueda o no se quiera hacer, es una huida de lo insoportable.
  10. La nación que fuimos está destruida. Su gente está en muchas partes del planeta, incluido el territorio de Venezuela. La vida se estructura con el sueño de la vuelta a lo entrañable, sea que se esté adentro o afuera, sea que se piense volver definitivamente o no, si se está en otro país. La vuelta a los sabores y olores, el retorno a los paisajes, a la puerta de la casa, al vecino, al domingo de celebración, a cierta forma de futuro, es lo que está en juego.
  11. La transición hacia el abrazo, los amores más cercanos, los planes dentro del país hacia los Andes, a Margarita, a Puerto La Cruz, a Barquisimeto, a Cumaná, a la Gran Sabana, a Caracas, están clavados como verdaderos propósitos de Año Nuevo. Allí, donde duele, está la patria y la tarea por hacer.

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