Modo supervivencia – teleSUR TV

¿Hemos pasado lo peor? Quizá, porque ahora sabemos a qué atenernos. Aun así, estamos expuestos a un exceso de información y rumores infundados que podrían someternos a una infinita tristeza o empeorar condiciones previas de salud mental.

Instintos primitivos nos disponen para la lucha y la huida. En pleno combate por la vida, privados de casi todo por largos meses, tratamos de escapar del mortal virus. Es el “sistema inmunológico de conducta”, como lo nombran algunos psicólogos. El cerebro permanece en alerta y el subconsciente se pregunta ¿hasta cuándo?

Por otra parte, la capacidad de responder -a situaciones sociales complejas o sutiles-disminuye o se hace difícil. Quizá en todo este tiempo no hayamos conocido a nadie. Sin embargo, no interactuar con las personas, tiene consecuencias negativas, igual que no beber agua o comer cuando el cuerpo lo necesita.

Afloran los efectos emocionales y cognitivos. La depresión, el insomnio, la ansiedad, la falta de concentración, la angustia o todos ellos. La pandemia, nos cambió la vida para traernos alteración en medio de la nada, aislamiento, temores, presiones económicas y la única certeza: nadie sabe qué nos depara el futuro.

Riesgo psicosocial

¿Hemos pasado lo peor? Quizá, porque ahora sabemos a qué atenernos. Aun así, estamos expuestos a un exceso de información y rumores infundados que podrían someternos a una infinita tristeza o empeorar condiciones previas de salud mental.

Así lo reconoce la Organización Mundial de la Salud -OMS- a través de su Departamento de Salud Mental y Abuso de Sustancias, al asumir la magnitud del número de personas expuestas a los factores estresantes extremos. Afirman que la exposición a estos, constituye un factor de riesgo para el desarrollo de problemas sociales y de salud mental.

De igual manera, enfatizan en el alto riesgo psicosocial ante la pandemia de la Covid-19, en los siguientes casos:

· Dependiente de bebidas alcohólicas u otras sustancias adictivas.
· Personas que deambulan por la calle, sin techo o con movilidad reducida.
· Personas con soledad no deseada o con la ausencia de redes de apoyo, o presentar ausencia de vínculos con los que mantener una comunicación activa.
· Sujetos con escasos recursos personales para el entretenimiento o con baja capacidad o pobre acceso a la tecnología.
· Individuos con una convivencia en entornos de riesgo (violencia o aislamiento), y con dificultad para comprender el estado de alarma y por tanto, en riesgo de incumplir.
· Menores de edad o sujetos dependientes de otras personas.
· Personas con la obligación de acudir a su puesto laboral, con la posibilidad de la pérdida de su trabajo.
· Individuos con precariedad o ausencia de recursos económicos.

O sea, gente tan común y reconocida, en cada espacio habitado. Todo esto va mucho más allá del aburrimiento o la frustración de no estar conectado a la rutina habitual de su vida, porque su práctica es el desamparo.

Suicidio

Síntomas depresivos como la desesperanza, irritabilidad, cambios en el apetito y alteraciones del sueño, son consecuencias secundarias del distanciamiento social y podrían aumentar el riesgo de suicidio.

Justamente para su prevención, son importantes las conexiones sociales. Las personas que experimentan ideas suicidas, pueden desconectarse de las otras, a medida que aumenta el riesgo de suicidio. Los pensamientos y comportamientos suicidas, están asociados con el aislamiento social y la soledad. Que hilo tan fino tenderíamos entre las medidas de distanciamiento, la comunicación y las personas en riesgo.

Si en todo el mundo ha sido insuficiente la disponibilidad y calidad de los datos sobre el suicidio y los intentos de quitarse la vida, en tiempos “normales”, quien cuenta ahora.

En el Plan de acción sobre salud mental 2013-2020, los Estados Miembros de la OMS se comprometieron a trabajar para alcanzar la meta mundial de reducir las tasas nacionales de suicidios en un 10 por ciento para 2020. Pero ahí estaba el virus para burlarse de todos los planes.

Cada año se producen 800.000 muertes por suicidio, lo que representa una muerte cada 40 segundos.

Según datos de la OMS, la tasa de suicidios media en el continente americano -hace un quinquenio- era de 9.8 por cada 100.000 habitantes. Esto significa unas 65.000 muertes anuales.

En América Latina y el Caribe, el país con la mayor tasa de suicidios es Guyana, con 29 por cada 100.000 habitantes, una de las tasas más elevadas del mundo. Luego Uruguay y Chile, de acuerdo al informe elaborado por World Health Rankings- World Life Expectancy. En la región, solo esos tres países sobrepasan la media europea de suicidios, que es de 15,4 por cada 100.000 habitantes.

En este contexto, la enfermedad por coronavirus pudiera generar mayor interacción a través de las redes sociales de ayuda. Previo a la pandemia, la búsqueda en Google de los términos como: “ayuda suicidio”, “cómo suicidarse”, “cómo lograr una sobredosis”, eran comunes.

En Estados Unidos, las tasas de suicidio han aumentado en las últimas dos décadas, entre hombres y mujeres de todas las edades. En noviembre de 2019, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, informaron que la probabilidad de que un estadounidense promedio muera por esta causa a cualquier edad, aumentó un 33 por ciento entre 1999 y 2017.

Justamente hace tres años, el ritmo al que los jóvenes estadounidenses se quitaron la vida, alcanzó una marca histórica. El suicidio cobró la vida de 5.016 hombres y 1.225 mujeres de entre 15 y 24 años de edad en Estados Unidos, informaron investigadores en el Journal of the American Medical Assn.

“Cuando uno tiene esa desesperanza a su alrededor y esta aflige a la familia, definitivamente puede ser un factor”, dijo Oren Miron, investigador de la Universidad de Harvard. “El riesgo de suicidio de los consumidores de heroína u opiáceos es realmente elevado”, señala.

El índice de suicidio juvenil (14.6 por 100.000) parece ser el más alto desde que el Gobierno de Estados Unidos, comenzó a recopilar esa estadística en el año 1960.

Aislamiento

Quienes han estado encerrados por largos periodos, coinciden en que las habilidades sociales se pierden. Son como un músculo en desuso. Personas retiradas de la sociedad, que pueden ser ermitaños, astronautas, exploradores, o presos, experimentan ansiedad, violencia e intolerancia con el retorno. Hoy los psicólogos afirman que padecemos de algo similar.

Ahora un sistema inmunitario conductual nos ha programado para un distanciamiento instintivo e impuesto por las nuevas normas de los gobiernos. Sin embargo, mas allá de la preservación de la vida, podrían entronizarse conductas negativas, reacciones y antivalores, para quienes interpretan “un posible riesgo de infección”. El miedo a la enfermedad puede influir en las actitudes de las personas hacia la inmigración, aumento de los prejuicios y la xenofobia.

Riesgos

Mientras tanto, aumentan los factores de riesgo relacionados con la pandemia, los económicos y los psicosociales.

El aislamiento social, la paralización de las economías nacionales y el intercambio comercial, genera mayor estrés. En general hay una disminución del acceso a un apoyo comunitario y religioso, existen barreras para el tratamiento de la salud mental, sumadas a las enfermedades crónicas y otros problemas médicos.

Pero también las epidemias pueden variar favorablemente la perspectiva sobre la salud. En medio de tanta meditación, algunos encuentran el valor de la vida, la muerte más temible y el suicidio improbable.

Puede haber un lado positivo. El efecto “unión” es provocado por personas que tienen experiencias comunes y de apoyo mutuo.

Foto: EFE

Si bien la OMS informa que en los últimos 45 años las tasas de suicidio han aumentado en un 60% por ciento en el mundo, en Japón está ocurriendo todo lo contrario.

En honor a la verdad, en 2019, ya la tendencia era decreciente en Japón, aunque todavía tienen un gravísimo problema con los jóvenes que se quitan la vida. En estos momentos, en medio del confinamiento, los suicidios disminuyen un 20 por ciento.

Medios locales japoneses atribuyen razones a la solidaridad. Mucha gente se ha sentido más segura, al pasar el confinamiento en la casa familiar y eliminar el estrés del trabajo. Pero la pandemia cobra lentamente su deuda. El abismo económico se nos viene encima.

Estado de crisis

El evento es amenazante, desbordante. Se agotan los recursos de afrontamiento. La crisis comienza con la perturbación, el cansancio, el desamparo. Confusión, mal funcionamiento de las relaciones laborales, familiares y sociales. Síndrome ansioso y depresivo.

Los efectos del virus letal en la sociedad, más allá de las manifestaciones respiratorias, constituyen un factor generador de sufrimiento.

De la manera en que llegó, reduce las expectativas de mejoría. “La pandemia de coronavirus podría desatar una crisis sanitaria, provocando problemas psicológicos como el duelo, el miedo a la enfermedad o al desempleo”, dicen desde el informe de la ONU, sobre los efectos del Covid-19 en la salud mental.

Foto: Pixabay

La Organización Internacional del Trabajo -OIT- estima que se podrían perder 25 millones de empleos. A propósito, la directora del Departamento de Salud Mental y Consumo de Sustancias, Dévora Kestel, de la OMS, recuerda que durante las pasadas crisis económicas “aumentó el número de personas con problemas de salud mental, dando lugar a mayores tasas de suicidio” y que “la frecuencia del intento de suicidio es 20 veces mayor que la del suicidio consumado”.

Incluso existe un modelo de predicción del impacto del desempleo en las tasas de suicidio: Kawohl & Nord (2020). El riesgo de suicidio se eleva entre 20 y 30 por ciento, ante la amenaza de desempleo. En la pandemia por Covid-19, podría ubicarse en 5.64 por ciento, aproximadamente 2.100 a 2.150 suicidios consumados.

Trabajadores de la salud

Es bastante normal el estrés en la situación actual. No consiguen enfrentar las emociones, tan importante como controlar la salud física. Tratan de evitar a su familia o comunidad por el estigma o miedo a contraer el virus. La situación, ya de por si desafiante, va aparejada a grandes retos para la estabilidad emocional, por el gran estrés que viven en los centros de atención directa, los trabajadores de la salud.

También está la amenaza de se pueden contagiar y trasmitir la Covid-19 a otros, aunque se someten a diario a estrictas medidas de bioseguridad.

Se le conoce como “segunda víctima”, al trauma relacionado con la atención de un paciente. Son ellos los que experimentan el dolor de querer acercarse al enfermo, intentar ayudar y no poder. Tambien existe la evitación, minimizar el contacto directo con los enfermos o no presentarse al trabajo.

El suicidio de la Dra. Lorna Breen, una doctora de la sala de emergencias de la ciudad de Nueva York que se recuperó de covid-19, resaltó los riesgos que enfrentan los trabajadores de la salud para su salud emocional.

En Brasil, el segundo país con más casos positivos a la Covid-19 en el mundo, se cifra en 31.790 los profesionales de la salud que se han contagiado. En México, a finales de mayo, el personal de salud contabilizó 11.394 casos confirmados, una quinta parte (20.9 por ciento) del total de los infectados contabilizados (54.346). Fallecieron 256 trabajadores sanitarios, 113 médicos. Según el Consejo Internacional de Enfermeras (CIE), 143 enfermeros, han muerto en Brasil, más que en cualquier otro lugar del mundo.

Por su parte, Chile refiere hasta abril, el 9 por ciento, 743 personas de los contagiados pertenecían a trabajadores de la salud.

El Centro de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos reportó en mayo, a 60.000 trabajadores de la salud enfermos por Covid-19. Un 17 por ciento de los casos totales. Han fallecido 300 trabajadores de la salud.

La muerte impecable

En solo seis meses, el virus se ha extendido a 188 países e infectado a más de 6,6 millones de personas. La actual pandemia, es la crisis de salud global y el mayor desafío que ha enfrentado la humanidad, desde la Segunda Guerra Mundial entre 1939 y 1945.

Desde que su notificación a finales del año pasado -según la OMS, el primer caso de coronavirus ocurrió en China el 8 de diciembre 2019- hoy el virus ha llegado a cada continente, excepto a la Antártida.

El primero de enero de 2020, la cifra de contagio aumentó en China a 381 personas. A mediados de ese mes, hace pública la secuencia genética del virus causante de la Covid-19. Y para el 16 de febrero, con la debida bioseguridad, la misión conjunta OMS-China, junto a expertos de varios países -Alemania, Canadá, Estados Unidos, Japón, Nigeria, la República de Corea, Rusia y Singapur- permanecen un tiempo en Beijing, viajan a Wuhan y a otras dos ciudades. Sus miembros dialogan con funcionarios de salud, científicos y personal médico.

Apenas nueve días después de que se reportara la primera muerte de un paciente -un hombre de 61 años- con Covid-19, aquel sábado 11.01.2020, algunos reportes refirieron que ya se habían registrado casos en Japón, Corea del Sur y Tailandia.

A inicio de septiembre de 2020, un total de 7.564.776 casos de Covid-19 han sido registrados en América Latina y el Caribe. Brasil es el país más afectado por esta pandemia en la región, con más de cuatro millones de casos confirmados.

En segundo lugar, se ubica Perú, con alrededor de 657.000 infectados. México, registra un total de 616.009 casos. En América Latina también señala negativamente: Ecuador, Chile, Argentina, República Dominicana y Colombia, dentro de los más afectados.

América Latina y el Caribe suman más de 300.000 muertes por coronavirus, y un número superior a 7,8 millones de casos confirmados de Covid-19, la región más afectada por la pandemia en el mundo.

La experiencia de Alemania debe ser observada. Abre las fronteras, justo para el inicio de las vacaciones de verano.

Los pasajeros de lugares de riesgo, deben ir a la prueba de la Covid-19 de forma independiente y directamente a cuarentena. Además, las autoridades responsables han anunciado controles al azar. Si es necesario, se podrían imponer multas de hasta 25.000 euros, a los que se nieguen a someterse a las pruebas. Cada estado federado lo regulará en su territorio.

La lista de áreas de riesgo es actualizada, unos 130 países y regiones. Se han definido zonas especiales de riesgo en España y Bélgica. En las “regiones de riesgo”, hay más de 50 personas recién infectadas por cada 100.000 habitantes en los últimos siete días.

Foto: EFE

Se basan en la Ley de Protección de Infecciones, que prevé que “las enfermedades infecciosas y pruebas de diagnóstico de laboratorio de patógenos son de declaración obligatoria, en caso de sospecha, enfermedad o muerte”.

“Aunque la prueba es una medida que restringe la libertad y los derechos fundamentales, puede justificarse, porque el Estado también es responsable de proteger la salud de la población. Y por lo tanto me parece una medida razonable”, dijo Stefan Huster, profesor de derecho público de la Universidad de Bochum.

El examen no viola la “integridad física”. La prueba de frotis es desagradable, pero “no implica un alto riesgo de lesiones”. Por lo tanto, las quejas contra la prueba obligatoria tendrían pocas posibilidades de surtir algún efecto.

La vida pasa factura

El déficit en las inversiones en la salud pública y las mejoras sociales, nos pasa la cuenta. Y que dirán ahora los gobernantes, cuando sumen la caída del producto interno bruto mundial, de casi un 5 por ciento este año.

No es posible reabrir las economías, sin controlar la trasmisión del virus, advierte la OMS. “Entre 70 y 100 millones de personas podrían verse empujadas a la pobreza extrema; 265 millones de personas más, podrían enfrentar una grave escasez de alimentos a fines de este año, y se estima que se han perdido 400 millones de puestos de trabajo, por supuesto, afectando de manera desproporcionada a las mujeres”.

Más de 1.600 millones de estudiantes están fuera de la escuela y es posible que nunca regresen, refiere la ONU. Ahora más que nunca, la necesidad de la justicia social se evidencia, como la mayor lección de la pandemia.

La salud pública es la piedra angular de la estabilidad social, para prevenir y responder a las enfermedades y no un artículo de lujo para los que puedan permitírselo.

Plataforma compartida

Los científicos analizan decenas de miles de muestras nasales, mientras suben sus resultados a la plataforma GISAID. La Global Initiative on Sharing All Influenza Data, fue creada en 2008 para compartir datos sobre el virus de la influenza.

La base de datos de código abierto, tiene 95.000 secuencias genómicas virales de hCoV-19, compartidas en tiempo real a través de GISAID, con sede en Alemania, la anfitriona. Participan Singapur, Estados Unidos de América, más filántropos privados y corporativos.

La importancia de compartir el saber científico en una pandemia, es la única forma de salvarnos. Los científicos rastrean las mutaciones del genoma y ubican la propagación. Hasta hoy, se ha comprobado la secuencia de 37.000 muestras de todo el mundo y revelada la naturaleza infecciosa y letal del virus.

Con más de 37.000 muestras secuenciadas de todo el mundo, la traza devastadoramente infecciosa del SARS-CoV-2 ha sido completamente revelada.

De momento, ha funcionado esta red, sin desconocer qué harán con toda esa información y la próxima vacuna, quienes dominan el mundo comercial de la medicina.

Incluso un árbol talado, tiene la oportunidad de vivir. Las raíces de sus enormes vecinos, forman un sistema subterráneo que se interconecta de manera impresionante. Los árboles, estos ancestros de la Tierra, comparten su agua para mantener vivo un bosque entero. ¿Lo haremos por la humanidad resiliente?

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