Luis Carlos Azuaje: 'En la literatura he encontrado una patria'

23 Mar 2021 12:07 GMT

El autor venezolano ganó con “Los verdaderos paraísos' el XX Premio Transgenérico, que otorga la Fundación para la Cultura Urbana
Luis Carlos Azuaje: 'En la literatura he encontrado una patria'
“La literatura que me gusta es bella y cruel”, escribe desde Buenos Aires Luis Carlos Azuaje, ganador de la vigésima edición del Premio Anual Transgenérico, que organiza y otorga la Fundación para la Cultura Urbana (FCU), por su segunda novela Los verdaderos paraísos. Bella y cruel como la vida de todos, como la del migrante que descubre un mundo de posibilidades lejos de su tierra, pero que también debe sobrellevar la carga emocional de la nostalgia, el desarraigo, la adecuación de la identidad y, en el peor de los casos, de la xenofobia.

Para el jurado del galardón, que integraron los escritores e investigadores Irma Chumaceiro, Violeta Rojo, Carlos Sandoval, Jorge Carrión (España) y Krina Ber (ganadora de la edición 2019), Los verdaderos paraísos “se trata de una obra muy bien escrita que aborda los temas del viaje, la identidad y el desarraigo (…). La pieza incorpora un diálogo con la figura de Albert Camus que deviene en metáfora sobre la pérdida del hogar y la condición apátrida en la que los temas de la extranjería y el rechazo al forastero cobran una dimensión universal con base en la historia de un joven errante”.

Así, mientras la FCU prepara la publicación de Los verdaderos paraísos, que deberá esperar algunos meses, el interés por el autor se circunscribe desvelar las claves de su literatura.

Luis Carlos Azuaje nació en Maracay, estado Aragua, en 1983. Ello lo hace, según afirma, un escritor de provincia que a los 14 años cursó un taller literario dictado por Jorge Gómez, y a los 15 leyó su primera novela completa. “En mi casa siempre hubo libros, pero era más fácil que saliera músico que escritor. Si hay algo que no faltaba nunca en mi casa era la música”, rememora.

Venimos de la noche y hacia la noche vamos./ Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,/ donde vive el almendro, el niño y el leopardo… Estos versos iniciales del poema de Vicente Gerbasi, Mi padre el inmigrante, lo desviaron de aquel poderoso influjo sonoro y le revelaron la no menos poderosa capacidad de la palabra escrita para componer imágenes en nuestra imaginación. “Me parecía increíble lo que sucedía cuando juntabas en una misma frase a un almendro, a un niño y a un leopardo”, comenta Azuaje, quien desde hace cinco años vive en la capital argentina.

“Mi exilio fue voluntario. Me gusta recordar el origen de la palabra exilio, proviene del latín salire, que quiere decir saltar. Exiliarse es saltar hacia afuera. Aunque voluntario, como todo salto, me produjo un vértigo. Ese vértigo se refleja en la intensidad con la que vivo todo”, admite el escritor y docente, egresado de la Universidad Pedagógica en Maracay con magister en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar y en Filología Hispánica por el Centro de Ciencias Humanas y Sociales de Madrid.

Pero lejos de asimilarse al paisaje humano porteño, desde que se instaló en Buenos Aires, Azuaje comenzó a trabajar con la comunidad brasileña. “¿Si te dijera que hablo más portugués que español me creerías? Soy un venezolano que habla portugués en Argentina. Digamos que Buenos Aires se parece mucho a una gran librería, llena de narradores y gente muy compleja e interesante con la que me cuesta establecer vínculos, y la comunidad brasileña, representa el hogar, la música, los amores, la fuga”.


Azuaje: "Exiliarse es saltar hacia afuera. Aunque voluntario, como todo salto, me produjo un vértigo. Ese vértigo se refleja en la intensidad con la que vivo todo” (MÍA MIRALLES)

-¿Cuál es el origen de Los verdaderos paraísos?
-Este libro es producto de un viaje que hice a Iguape, un pueblo costero emplazado al sur del litoral paulista, en diciembre de 2018. Se dio la coincidencia de que en ese mismo pueblo estuvo de visita hace setenta años el propio Albert Camus, sobre quien había comenzado a leer justo antes de llegar allí. Decidí conceder algún sentido a esta casualidad. Me convencí de que aquello estaba sucediendo por alguna razón, como si el propio Camus me hablase desde ese lugar, buscando que contase algo aún no dicho sobre su visita o sobre él mismo.

Los verdaderos paraísos era originalmente la historia de los tres días de Camus en Iguape -prosigue Azuaje-. Yo quería escribir el libro que hizo Tabucchi: Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Luego me di cuenta de que lo que me interesaba de esta visita era que sus biógrafos ni la mencionan, y ésta desde luego no es la percepción que tienen en Iguape; para ellos tiene un significado muy especial. Entonces decidí crear el personaje de David, un bibliófilo obsesivo que emprende un viaje a Brasil siguiendo el rastro de su ídolo”.

-¿Cómo se desarrolló el proceso de escritura?
-Esta es la parte que me parece más simpática porque está llena de coincidencias. Estando en Iguape, escribí una pequeña crónica del lugar donde me alojé, una posada pesquera regentada por japoneses. Se la regalé a la dueña de la posada, la Doña Satori de la novela, y a ella le gustó tanto que se la mostró a sus amigas y un día me llama el editor de un diario, Tribuna de Iguape, diciéndome que quería publicarla. Yo la había escrito en español y traducido para que ella la entendiera, y así mismo salió en los diarios. Al parecer resultó ser una buena traducción. Después, por ese mismo editor supe lo de la visita de Camus y la cosa se convirtió en un trabajo periodístico que no paraba de crecer. Fui recolectando relatos personales y cada uno era un disparo a la biblioteca. Ya después en Buenos Aires me di cuenta de que ahí había un libro y arranqué escribir.

Tangencialmente, Azuaje ha resumido la historia de Los verdaderos paraísos.

-En su novela toca temas como el viaje, la identidad y el desarraigo, de acuerdo con el jurado. ¿Qué reflexiones quiso plasmar del viaje, la identidad y el desarraigo en su obra?, ¿cómo le atañen en lo personal?
-David no es solo un aventurero, es un autoexiliado. Quiere fugarse, ese es su único deseo, quiere borrar las huellas de su lengua y de su pasado, por eso elige Brasil que es donde él cree que puede pasar desapercibido, donde puede narrar su historia de otro modo. Quiere contar su pasado en otra lengua a ver cómo suena, qué le dice. Ahí está el desarraigo. Pero sobre todo tiene la fantasía de que ahí, en ese pequeño pueblo, puede mentir acerca de su procedencia sin que a nadie le importe, un lugar donde puede inventarse una vida completamente nueva, ser otro. Ahí está la identidad difusa, precaria, fragmentada.

-¿Se ha sentido apátrida?, ¿cómo convive con ello?
-¿Qué es la patria? ¿Qué es un sujeto sin patria? Patria viene de padre, que es lo que me marca como ley. ¿Alguien que se dedica al arte puede ser patriota? ¿Cómo puede crear con esa ley que lo limita y lo vigila? Un escritor, por definición, está fuera de la ley.

-En la literatura he encontrado una patria, entendiendo patria como algo que no viene dado, sino que puedo redefinir. Mi escritura es producto de mi transitar por diferentes países, tiene un poco de España, Brasil, Argentina y Venezuela. Soy un sujeto múltiple, atravesado por las patrias sin dejarme gobernar por ninguna. ¿Me preguntas si soy un escritor venezolano? Hace rato que no lo soy. Pero mis marcas venezolanas están, no soy “sin patria”. Yo recibí un legado, ¿y qué hice con él? Intuitivamente hice lo que Gina Saraceni explica muy bien en su libro La soberanía del defecto: recibir un legado no es solo repetirlo sino sobre todo traicionarlo, es decir, transformarlo, hacer algo con él. Yo traicioné a mi patria y por eso mismo le fui fiel.


"Mi relación con la literatura es la de crear vidas posibles (incluida la de Luis Carlos)", afirma el ganador del XX Premio Anual Transgenérico (MÍA MIRALLES)

-De su primera novela El gran farsante a Los verdaderos paraísos, ¿ha cambiado Luis Carlos Azuaje?, ¿ha cambiado su relación con la literatura?, ¿han cambiado sus pulsiones de escritor?
-Soy un escritor de contagios. Cuando escribí la novela tenía tres autores muy queridos sobre la mesa: Elena Poniatowska, J.M. Coetzee y Julián López. Esto explica muchas cosas, entre ellas la perspectiva, el narrador en tercera persona, el tiempo presente y un cierto impulso poético. Cuando escribí El gran farsante estaba impregnado de todo el clima político de 2013-2014, años de protestas y represión. Mis lecturas eran otras: Javier Cercas, Santiago Gamboa, Barrera Tyszka.

“En cuanto al género, siempre me ha gustado construir aventuras, soy un narrador de peripecias. Pero ahora me esfuerzo más en crear una atmósfera donde el lector se sienta parte, unos personajes en los que pueda verse. Mi relación con la literatura es la de crear vidas posibles (incluida la de Luis Carlos). Pero esto no significa que le atribuyo poderes sobrenaturales sino performativos: cuando cuento una historia creo un marco de posibilidades, empiezo a pensar como esos personajes, me creo una identidad, pruebo a vivir de otro modo, experimento. Uno escribe porque hay un deseo que insiste, que no se apaga con los años, aunque no sepamos muy bien qué es, ¿quién dice que no son esos personajes y esa historia una expresión de ese deseo? La escritura para mí es un acto generativo en todo sentido y no está en absoluto desvinculado de lo real”, continúa.

-¿Qué representa para usted la figura de Albert Camus? Como él, ¿es Luis Carlos Azuaje un existencialista?
-Camus insistía mucho en que él no era existencialista sino absurdista. La existencia no tiene un propósito, por eso la vida era absurda, dice. Pero esto no es una renuncia sino un punto de partida puesto que si el humano no tiene un propósito entonces puede ser lo que él quiera. Por eso la obsesión de Camus por conducir su vida, ser dueño de ella: Sísifo feliz. ¿Cuál es el destino de Sísifo? Subir esa piedra por una cuesta eternamente. Bien, dice Camus, pero “su destino le pertenece, su roca es su casa”. David dice en alguna parte que el humano debe hacerse cargo de su muerte, decidir cuándo morir, ese es el mayor acto de rebeldía. Los que piensan que los suicidas son cobardes se equivocan. Se trata de decidir. Por tanto, la figura de Camus para mí es sinónimo de libertad. Y sí, mi narrativa se nutre un poco de estas preguntas llamadas “existenciales”. Mis personajes están extraviados, son nómadas, no pueden no preguntarse estas cosas.

-¿Existen “los verdaderos paraísos” o son parte de una quimera que el hombre nunca podrá materializar?
-Para David existen. Pero como escribió Camus “los verdaderos paraísos son los que uno ha perdido”.
@juanchi62

Continuar en El Universal (Venezuela)