Estigma social y bienestar mental: la pandemia indefinida que nos robó la tranquilidad – FRANCE 24 Español

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Los recuerdos de viajes, fiestas y buenos momentos fueron rápidamente remplazados en 2020 por cuarentenas obligatorias, sanciones y miedo sobre cómo será el mundo en un futuro a corto plazo. France 24 habló con personas que dieron positivo en el diagnóstico de Covid-19 sobre cómo ha sido la respuesta de la gente ante su contagio.

El coronavirus tiene al mundo entero viviendo una incertidumbre que aún no se sabe cuándo va a acabar. En los medios de comunicación, las redes sociales y las conversaciones diarias, el tema es omnipresente.

En este momento, casi 16 millones de personas en el mundo han dado positivo en la prueba de Covid-19. Una cifra que, al mes de julio, equivale a casi la población de Senegal. Los casos aumentan todos los días significativamente, así como la ansiedad de no tener marcada una fecha en el calendario que le diga al mundo entero cuándo la vida volverá a ser la de antes.

Mientras esto sucede, muchas personas que se han contagiado sufren no solamente los síntomas físicos que conlleva la enfermedad, sino también las repercusiones psicológicas y sociales.

El aislamiento es una de las medidas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para contener la pandemia. Pero, incluso, después de que el virus desaparece de los cuerpos de los contagiados, algunos siguen viviendo episodios de rechazo y discriminación cuando vuelven al mundo exterior.

El marketing del bienestar llega entonces en forma de aplicaciones, cursos gratuitos de meditación o yoga, con el fin de aliviar un poco el malestar psicológico y social. Pero, según Colin Graves, médico residente de psiquiatría en la ciudad de Buenos Aires, “no podemos vender bienestar en una situación de malestar, es contradictorio (…) Es como si pusieran una carga sobre las personas con el hecho de que está mal sentirse mal. El yoga o la meditación van a aliviar el malestar, pero no lo van a hacer desaparecer”, agrega Graves.

El efecto que produce el rechazo social en una persona contagiada por Covid-19 se entiende a partir del miedo que provoca el contagio en el otro. “Es una respuesta lógica e intuitiva ante un virus que puede ser mortal”, dice Graves. Pero, se ha visto que ese temor es expresado en diferentes niveles, al punto de llegar a la agresión física, verbal, e incluso amenazas mortales a los trabajadores de la salud, como se ha registrado en varios países de América Latina.

El miedo a contagiarse de Covid-19 es lo que provoca estigma social en muchas ocasiones.
El miedo a contagiarse de Covid-19 es lo que provoca estigma social en muchas ocasiones. © Valery Hache / AFP

Cuando el coronavirus empezó a provocar estragos sanitarios en Europa, surgieron historias de personas de origen asiático que sufrían rechazo en las calles o en el transporte público. Es lo que la OMS califica como “estigma social”: “las personas son etiquetadas, estereotipadas, separadas, y/o experimentan la pérdida de estatus y la discriminación debido a la afiliación a una enfermedad. Esto puede afectar tanto a los contagiados como a sus cuidadores, familiares, amigos y comunidades”.

El “estigma social” también afecta a cualquier persona por el simple hecho de estar contagiada con Covid-19, sin importar su origen étnico.

Según la guía que propone la OMS, Unicef y IFRC para prevenir y abordar el estigma social, “el nuevo coronavirus es una nueva enfermedad que presenta muchas incógnitas: comprensión de cómo se propaga el virus; cómo se puede tratar si se está enfermo y de dónde viene para poder detenerlo. La falta de comprensión o acceso a la información puede causar temor o pánico entre los individuos, lo que conduce a suposiciones irracionales y a la necesidad de culpar a otros”.

Tres personas que dieron positivo a la prueba de coronavirus le contaron a France 24 sobre los diferentes niveles de estigma social que han vivido y, aunque son leves, reflejan la importancia del buen uso del lenguaje, con el fin de no perpetuar los estereotipos ni las etiquetas.

Cuando eres positivo por Covid-19, “el rechazo se siente de manera sutil, pero está muy presente”

Una infección en la garganta y un poco de cansancio fueron los síntomas que alertaron a Diego Hernández, abogado mexicano de 35 años, residente de la ciudad de Guadalajara.

“Nunca tuve fiebre de más de 38 grados, tampoco perdí el olfato o el gusto”. A pesar de no tener los síntomas clásicos de alguien contagiado con coronavirus y de ser muy riguroso con todas las medidas de precaución, Diego cree que se contagió en el edificio donde trabaja, pues, ya se habían confirmado varios casos positivos en algunos pisos.

“Tuve miedo cuando me dieron el resultado del examen, pero, una vez que estás contagiado, ya no hay nada qué hacer. El médico solo dijo que me mantuviera hidratado y me mandó reposo total. Es cierto que genera incertidumbre no tomar ningún medicamento, pero es tu cuerpo el único que puede luchar contra eso”, cuenta el abogado.

Ante el miedo a la enfermedad y a su divulgación, muchas personas deciden mantener en silencio su diagnóstico. Diego solo se lo contó a sus familiares más cercanos, a las personas con las que tuvo contacto en los días anteriores a sentirse mal y a su jefe. “Como en cualquier oficina, el chisme se esparció rápidamente y hubo algunos colegas que me empezaron a culpar y a señalar como si yo hubiera ido a buscar irresponsablemente el virus”, dice.

Diego Hernández, abogado mexicano.
Diego Hernández, abogado mexicano. © Instagram de Diego Hernández

Tras dos semanas de cuarentena y un segundo examen que dio negativo, Diego regresó a su trabajo. El cambio en la actitud de algunos de sus colegas fue evidente: tenían mucho más distanciamiento físico con él y evitaban cruzarse en el mismo pasillo. “Siento que es una forma de discriminación, pero más por ignorancia y miedo. El rechazo se siente de manera sutil, pero está muy presente”.

Para el abogado mexicano, los medios de comunicación y los trabajadores de la salud han saturado a la población mundial con información sobre qué hay que hacer para evitar contagiarse, pero muy poca sobre cómo proceder después de contagiarse y qué pasa con la gente que convive o trabaja con alguien que dio positivo.

“Mi inmunidad no está garantizada, así que seguiré usando el tapabocas, manteniendo el distanciamiento social y saliendo solo para ir a trabajar”.

A pesar de la respuesta negativa de algunos de sus colegas, el hecho de contagiarse también trajo cosas positivas en su estilo de vida. Ahora, tener un ritmo de vida más sano, el deporte y la buena alimentación son las nuevas prioridades del abogado: “el virus me hizo pensar que la enfermedad me pudo haber afectado mucho más”.

El silencio, un arma de protección ante las suposiciones irracionales

La novia de Andrei Fuentes, ingeniero de sonido de 27 años, estuvo hospitalizada en una clínica de Bogotá, por razones ajenas al Covid-19.

El joven colombiano era la única persona que la visitaba diariamente por ser considerado como parte de la población que no está en riesgo de contagio por Covid-19. Sin embargo, esto no fue impedimento para que la enfermedad se instalara en el cuerpo de Andrei: “me obligaban a comer en las salas de espera con otras personas porque era prohibido hacerlo en la habitación donde estaba mi novia. Además, todos los días me tenía que registrar a la entrada y me daban una ficha, y luego tomaba el ascensor del hospital”, cuenta el joven sobre los lugares donde pudo haber atrapado el virus.

Los síntomas empezaron los primeros días del mes de julio: escalofrío, dolor de cabeza y cansancio. Andrei decidió hacerse la prueba de Covid-19, la cual salió positiva un día más tarde. Las visitas a su novia, quien afortunadamente no se contagió, se suspendieron inmediatamente y Andrei tuvo que quedarse en su casa en cuarentena obligatoria.

“Se trata del encierro dentro del encierro; fueron dos semanas en las que no salí de mi habitación, ni siquiera el gato entraba en mi espacio”, dice el ingeniero, quien vive con su mamá y hermana en un apartamento de la capital colombiana.

Andrei Fuentes.
Andrei Fuentes. © Andrei Fuentes

Para él, el aislamiento social es muy importante, pero vivirlo dentro de su propia casa fue aún más extraño. Al cumplir la cuarentena, Andrei empezó a “salir” a la cocina y a la zona de lavandería, como si le hubieran abierto de nuevo la puerta al mundo exterior.

“Hay una paranoia general porque no sabes quién te puede pegar el coronavirus. Pero ahora, al estar contagiado, yo lo veo desde el otro lado porque soy yo el que puede contagiar a los demás”.

Con tanto miedo a nivel global, ¿qué tan fácil es retomar los lazos sociales después de saber que eres positivo por Covid-19? Andrei dice que, normalmente, la persona deja de ser contagiosa después de cumplir la cuarentena: “Mi mamá es médico y me transmite una visión mucho más realista sobre esto; se supone que dejas de transmitir el virus cuando la segunda prueba da negativo”.

Solo su familia y amigos muy cercanos saben que fue diagnosticado positivo porque, como bien dice, “son las personas de las que menos rechazo voy a sentir”. Por ahora, sus vecinos de apartamento no lo saben y “es mejor que sea así”.

Mientras le hacen la segunda prueba, Andrei sigue confinado en su habitación, donde la noción del tiempo se desintegró. Ahora, da igual que sea lunes o sábado, pues, los horarios que marcan su rutina diaria se deshicieron por completo.

Aplausos, estigma e hipocresía por los sanitarios de Madrid

María Oreja es una enfermera española de 29 años. Trabaja en un hospital de Madrid y dio positivo por Covid-19 en marzo, luego de tener síntomas de gripa, dolor de garganta y cansancio.

España ha sido uno de los países a los que más duro ha golpeado el virus. “Desde que todo esto empezó, la gente se volvió muy fría, desconfiada, distante y observan todo el tiempo qué no hacen bien o qué hacen mal los demás”.

María no ha sentido estigma social por parte de sus familiares o amigos, pero, a nivel profesional, la situación es distinta: “los aplausos de la gente desde sus balcones para agradecer el trabajo de los equipos sanitarios fue algo que sentimos bastante hipócrita; te felicitan, pero también te marcan como el apestado”.

María Oreja
María Oreja © María Oreja

El trabajo de la enfermera ha sido doblemente agotador desde marzo. Después de la cuarentena que hizo por dos semanas, tuvo que volver al hospital “aún sintiendo síntomas”, y soportando jornadas extensas con un equipo de protección encima de su cuerpo que no la dejaba ver ni respirar bien.

María vive sola en Madrid desde hace seis años y, después de contagiarse, duró cinco meses sin ver a su familia. “Llegar a casa con todo lo que has vivido y has visto es algo que te derrumba. Trato de no contárselo a mi familia por teléfono, pero es cierto que me siento muy sola y lo peor es no saber cuándo se va a acabar todo esto”.

Mientras estuvo en cuarentena, María tuvo que hacer todo sola: las compras, los cuidados que requiere la enfermedad, todo. De vuelta al trabajo, la soledad quedó a un lado y fue remplazada por un sentimiento de impotencia al ser testigo de la muerte de muchas personas afectadas por el brote o bien porque no hay unidades de cuidados intensivos suficientes.

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