El debate, una nueva Notre Dame o una copia exacta

A picture taken on April 4, 2019 from Paris’ Hotel de Ville shows a view of the Notre-Dame cathedral. – A huge fire swept through the roof of the famed Notre-Dame Cathedral in central Paris on April 15, 2019, sending flames and huge clouds of grey smoke billowing into the sky. The flames and smoke plumed from the spire and roof of the gothic cathedral, visited by millions of people a year. Culture Minister on April 16 said the organ “seems to be quite badly damaged”. (Photo by Eric Feferberg / AFP)

Notre Dame era “su universo”, el de Quasimodo, escribió Victor Hugo. Porque las catedrales, además de contener un mundo espiritual y cultural, están en continuo movimiento y portan la historia de la humanidad. Ni la de Compostela posee el mismo aspecto ahora que cuando la diseñó el maestro Mateo en el siglo XI, ni Notre Dame estaba decorada con gárgolas cuando mandó erigirla el obispo Maurice de Sully en el XII. De hecho, el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc la transformó a mediados del XIX, dotándola de un pináculo —el lunes derruido por las llamas— del que nunca pudo colgarse Quasimodo, personaje literario creado en 1831. El debate versa ahora sobre si debe devolverse al templo el aspecto que blandía o, por el contrario, introducir elementos del siglo XXI que dejen constancia del desastre. No hay unanimidad, publica El País.

Las dudas rodean a Carmen Lorenzo, directora del Escola Superior de Conservación e Restauración de Bens Culturais de Galicia. “No lo sé”, admite, aunque se muestra firme a la hora de exigir que se practique lo que los especialistas denominan anastilosis. Es decir, recuperar el aspecto que poseía la catedral antes de ser arrasada, utilizando los materiales que hayan sobrevivido al fuego. “Pero hay que dejar evidencia de cuáles son nuevos empleando colores o tonalidades distintas. Lo que no se puede hacer es como si no hubiese ocurrido nada”, indica.

Javier Ribera Blanco, subdirector del Instituto de Patrimonio Cultural, admite que la recuperación de la catedral parisina “es el gran debate”. “Yo introduciría materiales ignífugos, incluso hierro, pero lo que no tiene sentido es realizar copias de las esculturas que se han destruido. Las nuevas deberían tener un estilo contemporáneo, no ser un calco de las antiguas”.

No piensa lo mismo Francisco Daroca, patrono de la Fundación Arquitectura Contemporánea, que considera que la “iconografía de Notre Dame es tan potente” que los mejor es restaurarla “de la manera más fidedigna” y dejarla igual que el día anterior al desastre. “La catedral de París posee un peso enorme en la personalidad de la ciudad. Es el poder de la memoria colectiva que invalida cualquier modificación posible. Su manera tan indigna de morir hace desaconsejable hacer una versión: debe ser igual a antes del desastre”. Y pone como ejemplo lo ocurrido con Il Campanile de San Marcos, en Venecia, que en 1902 se desplomó. “Nadie hubiese aceptado algo diferente”.

Por su parte, Josep Ferrando, vocal del Colegio de Arquitectos de Cataluña, sostiene que no hay que restituir el aspecto de la catedral, sino mantener “la misma actitud rompedora que mostró Viollet-le-Duc” cuando reformó el edificio. “Introdujo en la catedral técnicas y modelos de su época. Por cierto, su reforma ha sido la más afectada, por lo que ahora habría que hacer lo mismo que él hizo”.

Cristina Aransay, jefa del Servicio de Restauración de la Diputación de Alava, no reconstruiría tampoco la catedral con su “aspecto original”. “Debe quedar muestra del desastre. La historia material del templo nos cuenta algo”. Carlota Santabárbara, de la Asociación Profesional de Conservadores y Restauradores de España (ACRE), se opone igualmente a los “falsos históricos” por una cuestión ética.

Fue Victor Hugo quien con su obra Nuestra Señora de París (la conocida popularmente como El jorobado de Notre Dame) despertó en 1831 la conciencia del pueblo parisino ante el estado de profunda degradación que sufría el templo en aquellos momentos. Ahora no hace falta un nuevo escrito de denuncia, porque el “universo” que el escritor describió perdura en la mente del mundo. Solo hay que decidir si Quasimodo debe seguir trepando por los viejos arbotantes de piedra del siglo XII o agarrarse a un cimborrio de cristal y acero del XXI.

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