Contra la epidemia del narcisismo, la vacuna de pensar en los demás

Una cosa es tener una razonable dosis de autoestima, y otra pretender que todo el mundo gire a nuestro alrededor

Estoy terminando un libro titulado La epidemia del narcisismo, en el que los autores alertan frente a la creciente ola de egocentrismo que inunda los países más desarrollados. Quizá la imagen más gráfica de lo que es un narcisista puro se la debemos al Capitán Garfio, cuando en esa mítica escena de la película Hook describe al prototipo de niño egoísta, que sólo repite: “yo, yo, yo, quiero, quiero, quiero, mío, mío, mío, ahora, ahora, ahora…”

Entre los múltiples factores que los autores enumeran como causantes de la epidemia de narcisismo, hay dos que me parecen particularmente interesantes.

El primero es la avalancha de mensajes que nos repite que somos especiales, que no somos como los demás. Fruto de esta insistencia, hoy en día nadie se conforma con ser estándar o normal. Todos queremos ser especiales, extraordinarios, sobresalientes. Como es lógico, no vengo aquí a defender que tengamos que ser mediocres o “del montón”: cada uno deberá esforzarse por sacar su mejor versión.

Ahora bien, lo contrario del conformismo es el inconformismo, y no un narcisismo que lleva a creerse único, especial, excepcional. El inconformismo nos lleva a luchar contra nuestros defectos. El narcisismo, a envanecernos con nuestras virtudes, muchas veces exageradas en nuestra imaginación. El inconformismo es un acicate; el narcisismo, un narcótico. Tratar con quienes luchan cada día por mejorar es una maravilla, mientras que tratar con personas que siempre se consideran “la excepción” resulta verdaderamente agotador.

El segundo factor que contribuye a la epidemia narcisista es el auge de las redes sociales de Internet. Y ello porque fácilmente los perfiles personales se convierten en monumentos a uno mismo, donde los usuarios se dedican obsesivamente a ensalzar sus logros y sus virtudes. Como un coro de niños mimados, muchos usuarios de las redes comparten vivencias con la única intención de llamar la atención de los demás: “mira qué buena estoy en esta foto”; “fíjate qué cool salgo aquí”; “¿este bíceps te parece normal?”; “¿sabías que el sábado acabé la media maratón en menos de dos horas?”…

Y así, hasta el infinito y más allá, que diría Buzz Light Year. En lugar de ser espacios de recuerdos compartidos con las personas queridas, las redes se parecen más a parques temáticos erigidos en honor de un dictador norcoreano, verdaderos santuarios del autobombo y la vanidad más ridícula.

Todos tenemos una marcada tendencia al narcisismo, que es preciso mantener a raya. Una cosa es tener una razonable dosis de autoestima, y otra pretender que todo el mundo gire a nuestro alrededor, como si fuéramos el Rey Sol. El narcisismo puede resultar gratificante en el corto plazo –todos deberían admirarme-, pero a medio y largo plazo configura personas egoístas, aburridas y carentes de relaciones profundas y significativas.

Para frenar esta epidemia de narcisismo, y evitar convertirnos en unos verdaderos ególatras, existe una vacuna realmente eficaz: pensar en los demás. Veamos tres formas de administración de esta poderosa vacuna:

  1. Ser agradecido. El narcisista no suele dar las gracias. Él es el mejor, tiene derecho a las cosas. Los demás están en deuda con él, por sus muchos talentos. La persona humilde, sin embargo, sabe agradecer cualquier pequeño favor o servicio, valorando cada acción generosa de los demás. No da las cosas por supuestas. Agradece a Dios, a los demás, a la vida, las mil y una cosas preciosas que le rodean y le suceden. Y también las menos agradables, sabiendo que son una ocasión para la superación personal.
  2. Admirar las cosas buenas de los otros. El narcisista sólo tiene ojos para sus propias virtudes, y tiende a empequeñecer los logros de los demás, a fin de que no le hagan sombra. El humilde, por el contrario, es consciente de sus virtudes, y sabe disfrutar de las cosas buenas de los demás, que considera también como un regalo. Se alegra de las victorias ajenas, porque no considera la vida como una competición en la que siempre hay que quedar por delante de los demás.
  3. Hacer favores y servir a los demás. Narciso suele estar tan embebido en sus propias cualidades que nunca saca tiempo para darse a los demás. Le gustaría, claro, pero está demasiado ocupado pensando en sí mismo y consiguiendo palmeros. La persona generosa disfruta haciendo favores, preparando sorpresas, realizando pequeños servicios. Servir no es una tarea humillante reservada a criados y lacayos, sino una preciosa forma de amar. El verdadero poder –nos recuerda el papa Francisco-, es el servicio.

Ante la epidemia del narcisismo, por lo tanto, es preciso aplicar con determinación la vacuna. En lugar de repetirnos una y otra vez lo maravillosos y superespeciales que somos, y de pasarnos las horas alimentando nuestro monumento a nosotros mismos en Internet y buscando admiradores digitales, vamos a pensar en los demás. La vida se hace mucho más rica y más ancha.

¿Narcisismo? No, gracias. ¿Autoestima? Por supuesto. Pero no basada en eslóganes vacíos y fotos poniendo morritos y metiendo tripa, sino en la lucha diaria por mejorar, en el esfuerzo sostenido por salir de uno mismo y en la ilusión alegre por darse a los demás.

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