“Comiendo como gallinas, granito por granito”, el drama de sobrevivir con la pensión

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Fotos: Carolain Caraballo

Agustín salió a las 4:00 a.m. de su casa en la carretera vieja Caracas – La Guaira con la esperanza de cobrar los Bs.18.000 que no alcanzan ni para comprar las medicinas que a sus 76 años son necesarias. A las 5 de la madrugada ya estaba llegando a Altamira, a esa plaza desde la que tantas veces ha visto el amanecer, esperando obtener en efectivo el pago de su pensión.

El estómago de Agustín lo regaña en plena cola, es diabético y no ha ingerido ningún alimento desde ayer. Le ha tocado comer una sola vez al día, considerando que un kilo de queso cuesta los mismos 18.000 bolívares equivalentes a la pensión de mayo. Hace poco su esposa se enfermó y tuvieron que suplir un medicamento de Bs.48.000 con “montecitos”; plantas y menjurjes medicinales.

Más cerca de la entrada al banco estaba Elsa Acosta, una abuela de esas que ni con los años dejan su estilo. Detrás de sus lentes de sol ocultaba las ojeras consecuencia de los madrugonazos que ha sufrido por la crisis. “Estamos peor que en la selva. Allí por lo menos encuentras animales que puedes comer para sobrevivir”, asegura Elsa. Con énfasis le pide una vez más a Nicolás Maduro que tenga misericordia con los venezolanos.

Cansancio y dolor, cara a cara con la necesidad

Al menos 100 caras me han analizado, la mayoría con ojos achinados para intentar leer mi carnet. Algunos reconocen rápidamente el micrófono y me felicitan por la labor del equipo de Caraota Digital. Otros sin pena empiezan a declarar, me apuro en la grabación y de reojo observo al señor Ramón González. Sentado en un hito, encorvado, aparentemente dormido, le hago una foto y abre los ojos. “No me atrevo a declararte porque tengo un dolor en la espalda que me tiene frito”, dice. El malestar en su voz es evidente.

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Ramón González / Foto: Carolain Caraballo

Decido ir a otro banco y comienzo a buscar con la mirada a mi motorizado. No está donde lo dejé, no está en la otra esquina, no está a la vista. Me doy la vuelta, y lo veo, entregándole galletas a los niños que acompañaban a familiares en una larga espera bajo el sol. El sentimiento de solidaridad hizo a un lado pizca de pánico que había aflorado en mí mientras lo buscaba. No es una zona de paramilitares, difícilmente alguien se atrevería a robarme con tanta gente alrededor. Pero recuerdo el afán de Maduro por ocultar la realidad. El régimen busca incansablemente la forma de amedrentar a la prensa, con colectivos, guardias o policías, y yo era un blanco evidente.

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El desespero por conseguir medicinas es tan grande como el hambre

Continúo mi recorrido y me detengo en un banco a dos cuadras del Ministerio del Transporte, ya estaba entrando en zona roja. Escondo la cámara con mi suéter y doy los buenos días. Poco a poco voy buscando a alguien que no me insulte por hacerle una foto. Al principio de la cola una señora se quejaba de “los chismosos”, inmediatamente me detengo y la entrevisto. Viene de Petare, se niega rotundamente a decir su nombre cuando siento que alguien me agarra por el suéter, miro hacia abajo y encuentro unos ojos que suplican ayuda.

La señora Zara Jiménez busca con desespero un récipe en su cartera mientras me cuenta que es hipertensa. Tiene espolones y la petareña que entrevisté hace unos segundos le dio la cola porque se siente muy mal. “La pensión yo la agradezco, pero no es regalada, fue con mi esfuerzo y mi sudor”, me dice al tiempo que lamenta que no le alcance para sus pastillas valoradas en 80.000 bolívares.

Las colas, las caras cansadas, el hambre, y la esperanza de cobrar la pensión en efectivo “al menos para el pasaje” se repiten a lo largo y ancho de todo el país. En algunos estados los abuelos se mantienen en protesta. En otros la energía no alcanza para exigir el fin de la crisis que cada día cobra más vidas en Venezuela.

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