La vida de Assange según los españoles que lo vigilaban

Al fontanero lo llamaron los guardias de la seguridad privada de la misión diplomática. Necesitaban que arreglara el baño alguien de confianza, y a él lo conocían porque había trabajado cuatro meses y medio con ellos como vigilante, un año antes. Temían que, con el pretexto de arreglar el baño, se les colara la inteligencia británica.

La factura de los cuatro días de reparación es tan infrecuente como el encargo: unos 4.000 euros. Assange ya podía volver a dejar correr el agua de la ducha. Lo hacía para entorpecer posibles escuchas, según recuerdan que les contó los guardias, que ocultan su nombre porque se comprometieron con su empresa a mantener la confidencialidad.

Este episodio revela hasta qué punto un incidente cotidiano se convierte en una complicación si afecta al huésped más incómodo del mundo, en ese momento perseguido no solo por el Reino Unido, sino también por Suecia. “Huésped” es el apelativo con el que se refieren a Assange los informes que redactan los vigilantes de seguridad; coloquialmente, algunos lo llaman El Juli.

La vida de Assange según los españoles que lo vigilaban

“En la Embajada todo se llenó de cámaras, tanto hacia dentro como hacia fuera”, dice Txema Guijarro, hoy diputado de Podemos y entonces asesor de la cancillería ecuatoriana (el equivalente al Ministerio de Exteriores), destinado a Londres para ayudar a gestionar el problema diplomático que suponía tener en la legación al fundador de Wikileaks.

“Assange tenía siempre la obsesión de que esas imágenes podían ser hackeadas y de que, por tanto, les estuviéramos haciendo el trabajo de contrainteligencia nosotros mismos a los británicos”, rememora el exasesor. Se instalan monitores, una videograbadora y un equipo autónomo de alimentación en un cuarto de archivos. Los guardias lo bautizan “la baticueva”, como el cuartel subterráneo de Batman. La instalación permite, según asegura su responsable, que la señal audiovisual se vea en tiempo real en Quito.

Poco después de llegar a la embajada en 2012, Assange empieza a desconfiar y le pide al personal diplomático que le permitan trabajar con los equipos de grabación. Quiere averiguar quién lo molesta de madrugada desde la calle, arrojando pequeños objetos contra los cristales de las ventanas. El permiso se le concede, pero unos días después, cuando está usando el equipo en la baticueva,el guardia de seguridad de turno se lo impide. Discuten y forcejean. Es uno de los primeros desencuentros. Los diplomáticos veían con recelo el ir y venir de cientos de visitas

El personal de la embajada también recela de Assange. En noviembre de 2014, un agente de UC Global redacta un informe para el embajador de la época, Juan Falconí, en el que asegura que ese día ha encontrado un maletín con un aparato de escucha. Lo han visto en una habitación ocupada por Assange. “Se constata la sospecha de que realiza acciones de escucha contra personal diplomático, en este caso en concreto contra el señor embajador y su entorno, con el fin de obtener información privilegiada que pueda ser utilizada para mantener su estatus en la embajada”, recoge el informe.

En ese ambiente de sospechas mutuas y rodeado de vigilantes y cámaras, Assange busca privacidad. Se levanta tarde para trabajar en sus ordenadores y se acuesta bien entrada la madrugada; así no se cruza con el personal diplomático. Aunque no puede salir, recibe cientos de visitas. Antes de cada una, es necesario cursar una petición con dos días de antelación, que queda registrada.

Los guardias recogen en informes los nombres de las visitas. Se los envían periódicamente a su empresa, UC Global. Los suben a una carpeta de borradores en simples cuentas de Hotmail. Comentan entre ellos la falta de cuidado con una información delicada. Afirman que varias veces se extravían los reportes. Hay que rehacerlos y mandarlos de nuevo.

Conforme pasa el tiempo y el encierro se cronifica, la angustia de Assange se acrecienta. En una ocasión, los agentes tuvieron que entrar en su habitación para tranquilizarlo. Con el paso de los años, perdió vista y arrastraba los pies al caminar

No solo se deteriora su estado de ánimo; también sufre problemas físicos. Con el paso de los años, arrastra los pies al andar y acusa problemas de visión debido al encierro. No fija bien la vista. El médico le recomienda mirar a lo lejos y la embajada le da otra habitación desde la que se ve la calle. La misma que pisó el jueves pasado, a la fuerza, después de 2.494 días.

Con Información de El País. 

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