Manuel Malaver: A los 17 años de aquel 11 de abril

opinión

14 abril, 2019

A los 17 años de aquel 11 de abril se me ocurre pensar que si hiciéramos entre militantes de los dos bandos que partiparon en aquellos acontecimientos una encuesta con la pregunta de si creían que 17 años después los recordaríamos como un asunto algo lejano que contribuyó muy poco a que el país dejara de ser lo que había empezado a ser, sin duda que responderían con un rotundo: “No”.

Y la razón la encuentro más en “el cómo” que en “el qué” de los sucesos, en la apariencia que en su esencia, en la mise-en-scène que en el texto, que en el furor de los cambios que se intentaron y los sueños que se frustraron, hicieron recordar la frase de Lenin de que: “Hay décadas en las que no ocurre nada y semanas en las que ocurren décadas”.

Para corroborarlo mis propios recuerdos-si los tres años que llevaba Chávez en el poder podían equipararse con todo rigor a sólidas tres décadas y estas horas del 11 de abril a semanas en las que podía pasar de todo- con reuniones en las direcciones de los sindicatos y partidos de oposición, entrevistas en las emisoras y canales de televisión privados y contactos con colegas periodistas y politólogos que como yo trataban de responderse la pregunta: ¿qué pasará?

Pero lo esencial era sentirse navegando en la historia como entusiasmo, como vivencia que erizaba o humedecía la piel, el conocer que bien como testigos o como tensores tendríamos para el resto de nuestros días una historia que contar o que escribir ante la cual no había sino aguardar silencio.

Y vino como a las once de la mañana el río de gente que nacía de alguna parte del Este de la ciudad, con afluentes de todas las calles que entraban de los barrrios y urbanizaciones cercanas, y la Fajardo, la vía que podía verse desde cualquier punto del área metropolitana, sin otra imagen que ver que los colores, las multitudes en movimiento y un rumor que parecía venir de las entrañas de la tierra y era como el anuncio de que una gran tragedia estaba a punto de hacer pasto al país.

Se vio claro en la masacre con la que el chavismo repelió al pueblo, al millón de manifestantes, cuando empezaban a cruzar la calzada de Puente Llaguno, a pocos metros de Miraflores, y francotiradores y pistoleros que disparon desde las azoteas de los edificios cercanos, por órdenes de Chávez, asesinaron no menos de 40 personas.

Instantes conmocionales que rodaron “en vivo” por las cableras de todo el mundo, por las primeras de periódicos y revistas, por las voces desgañitadas de hombres y mujeres de la radio lo que parecía imposible 4, 10, 20, 40 años atrás: la democracia venezolana era atacada a plomo limpio, despedazada, desconyutada por los mismos militares golpistas que el 4 de febrero de 1992 quisieron matar a su presidente y no pudieron, y a los cuales, 7 años después, les había entregado el poder…sin disparar un tiro.

Sangre, llanto, miedo y terror en los alrededores de Puente Llaguno y dentro Miraflores, enfrentamientos por toda la ciudad y sacudón por la calles de toda Venezuela que obligaron a Chávez a eso de la cinco la tarde a presentarle la renuncia al Alto Mando Militar que se la exigió por haber violentado disposiciones constitucionales que le prohibían usar las armas de la República contra manifestantes que, simplemente, reclamaban sus derechos políticos y la continuidad de la noche quizá más larga que ha conocido Venezuela.

Chávez se fue a Fuerte Tiuna a discutir con los militares que le habían pedido la renuncia las condiciones de su retiro del poder, allá no nunca se supo que pasó, solo que a medianoche pidió que monseñor Baltazar Porras, presidente de la Conferencia Episcopal, lo acompañara en sus oraciones y lo confesara, pero del Fuerte Tiuna que esa noche se había constituído en el epicentro de la República no salió una sola noticia, una sola palabra, un sola información para decirle a los hombres y mujeres que en toda Venezuela había derrotado a Chavez lo que sucedía con su sucesión y quienes eran los o el candidato para sustituirlo
Solo al otro a día, el 12, como a las 8 de la mañana, se conoció que un nuevo gobierno tomaba las riendas de país, y se anunciarían los nombres del presidente, los ministros y los decretos con los cuales se empezaba la reinstitucionalización de la República.

¿Y de Chávez? Nada, se sabía muy poco. Unos decían que estaba en Cuba, otros en la Base Naval de Turiamo, otros en la Orchila, y así, cada quien repetía o se inventaba una conseja de donde debía estar y que había con el hombre que seguía siendo la noticia más importante para los venezolanos.

Unas horas después, exactamente 12 horas después, en la mañana del día 13 empezaban a despejarse todas las incógnitas: la televisoras y emisoras públicas y privadas anunciaban que el presidente “renunciado” había sido rescatado por fuerzas leales, ya viajaban a Miraflores y seguramente antes del mediodía era de nuevo instalado en la presidencia de la República.

¿Y del presidente sucesor y sucedido en menos de 72 horas, de sus ministros y de sus decretos? Nada, o muy poco se sabía de ellos. Es como si se los hubiera tragado la tierra. Solo del presidente, Pedro Carmona Estanga, se sabe que lleva 17 años de exilio en Bogotá y que escribió un libro sobre su aparición en tan extraños sucesos para los cuales no figuraba ni en los pronósticos de los astrólogos más audaces ni como “extra”.

De los partidos políticos de oposición (AD, Copei, MAS, Primero Justicia y la Causa R) tampoco llegó a saberse nunca cuál fue su participación en los sucesos, si los auspiciaron, promovieron o simplemente se sentaron a ver pasar el cadáver del enemigo.

Solo hay una pista, o huella que permite presumir cuál pudo ser la causa de la casi ausencia de los partidos opositores en los acontecimientos que han pasado a conocerse históricamente como “El Carmonazo”, o “Carmonato”: ninguno de sus dirigentes aparece entre los ministros o altos cargos de uno de los gobiernos más cortos de la historia nacional.

Pero hay un hecho que si merece destacarse ya cuando me acercó al final de estas líneas: el Chávez que regresó el 13 a retomar el poder no fue el mismo durante muchos meses o casi un año de aquel que habían eyectado del poder, pues para empezar regresó con un crucifijo en la mano, besando y apretando al Cristo redentor sin que viniera a cuento, pidiendo perdón por los errores que había cometido y jurando que no volvería a cometerlos y llamando a un gran diálogo nacional donde estuvieran amigos y enemigos y le dijeran lo que tenían que decirle, que criticarle, “sin que les quedara nada por dentro”.

Habría que escribir no un libro sino un tratado sobre aquel gran teatro de la hipocrecía, la burla y el engaño que fueron aquellos diálogos de los meses que continuaron al 11 de abril del 2002 y en el cual, aquel Mefistófeles tropical hizo de las suyas con políticos, intelectuales, comunicadores, politólogos, e historiadores opositores, todos al borde de las lágrimas, confesando que “ellos también tenían la culpa” y que en la Venezuela que surgía de la magnámidad del caudillo vencedor, no volverían jamás a alzarse contra las leyes sino acogerse a los preceptos constitucionales para empeñarse en cualquier cambio de gobierno.

En otras palabras que, 11 de Abril del 2002, y de su epílogo en los diálogos, nace la “dictadura electoralista” de Chávez y Maduro, por la que durante tres décadas no se vuelve a hablar de “golpes”, “cuarteles”, ni “militares”, y la política, avanzando o retrocediendo, son esas batallas, en las cuales, el CNE del gobierno, unas máquinas electrónicas del gobierno, una administración electoral del gobierno y un Plan República del gobierno, dicen quien gana y quien pierde elecciones.

Y el sistema llega a ser tan perfecto que solo cuando Maduro dan por imposible que se pierdan unas elecciones que les disloque el poder, en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre del 2015, son arrasados por una avalanca electoral popular que les arrebata la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional y aquí comienza otra historia, una que los tiene literalmente al borde de perder Miraflores y no por votos, sino por la unión del pueblo que se volcó a las calles el 11 de abril del 2002, con la fuerza militar que puede venir de cuarteles venezolanos o extranjeros.

Terminaría de caer así, entonces, la “dictadura electoralista”, el mito de que en Venezuela sí se podía ganar elecciones y ser reconocidas por el gobierno, por lo que, como lo repiten todavía políticos como Henry Ramos y Capriles: “Hablar de golpes de estado en Venezuela, no es un pecado mortal, es un sacrilegio”.

Apostasía que permitió que los partidos democráticos se fueran de los cuarteles y se los dejaran a los chavistas que los llenaron, antes de cubanos, y ahora de rusos, iraníes y parece que hasta chinos.

Una guardia pretoriana que no dudo ha sido una piedra angular en las destrucción de Venezuela en estos últimos 17 años y que debe ser llamada a incorporarse a la rebelión contra Maduro, pero que en el caso de no hacerlo, debe ser sustituida por fuerzas armadas de países democráticos extranjeros que, estoy seguro, no se detendrían en dar los pasos necesarios para la liberación de Venezuela.

Marx, el fundador del socialismo, dejó entre sus tantos epigramas aquel de: “Proletarios del Mundo, Uníos”. Yo al escribir sobre las lecciones del 11-A del 2002 le respondería con otro: “Demócratas del Mundo, Uníos”.

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