Una amistad bicentenaria, por Juan Marcos Colmenares

Redacción:  Opinión

En la tarde del 26 de marzo de 1812, cuando los venezolanos rezaban en los templos un Jueves Santo y en el país celebraban la separación de la monarquía que habían iniciado dos años antes; las iglesias, los edificios públicos, las casas y los ánimos políticos de la Primera República se tambalearon y se convirtieron en ruinas. Venezuela sufrió el mayor terremoto de su historia, causó más de 20.000 víctimas y grandes daños en Caracas, La Guaira, San Felipe, Barquisimeto, Mérida y otras poblaciones.

Frente a ese cuadro políticamente agitado y materialmente en ruinas, esforzándose por conseguir el reconocimiento de las principales potencias mundiales, la Primera República designó al señor Telésforo Orea como representante ante Estados Unidos para solicitar ayuda y auxilio. El presidente de los Estados Unidos James Madison, a través de una ley aprobada por el Congreso el 8 de mayo de 1812, destinó la cantidad de $ 50.000 para provisiones; designando al comisionado especial Alexander Scott al frente de cinco fragatas cargadas de equipos, herramientas, ropa, comida y medicinas destinadas a los puertos venezolanos, convirtiéndose así en la primera ayuda extranjera a Venezuela y en la historia de las naciones modernas.

El 15 de Diciembre de 1999, ocurrieron los deslaves en el estado Vargas y de nuevo Estados Unidos fue la primera nación en acudir en nuestro auxilio. El presidente Clinton autorizó la donación de 20 millones de dólares en artículos de ayuda humanitaria para los damnificados, acordando enviar 75 helicópteros UH-60 Blackhawk y aviones Hércules C-130. El 11 de enero del 2000, dos barcos de transporte de la marina, el Tortuga y el Nashville, zarparon de la base naval de Norfolk-Virginia con destino a La Guaira-Venezuela, cargados con un equipo de tractores, bulldozers, pulverizadoras de piedras, niveladoras y maquinaria pesada para el movimiento de tierra. A bordo venían 450 ingenieros de los marines y la Armada de los Estados Unidos, con la misión de remover las miles de toneladas de barro y piedras que habían tapiado autopistas, calles y avenidas de los pueblos del litoral central. Traían además carpas, equipos purificadores de agua, alimentos, médicos, medicinas y todo lo necesario para que los ingenieros y operadores militares norteamericanos vivieran y trabajaran sobre el terreno sin demora alguna. Ya durante los primeros días de la tragedia, Estados Unidos había ofrecido el envío inmediato de 30 helicópteros que volarían desde Puerto Rico seguidos de uno o dos navíos porta-helicópteros, con ambulancias y plantas potabilizadoras de agua.

Pero el rescate fue abortado por Chávez al no permitir que tropas de Estados Unidos entraran a Venezuela; rechazando de esta forma esa ayuda humanitaria, como si se tratara de la invasión de un ejército extranjero.

Hoy en Venezuela estamos sufriendo una de las peores tragedias de nuestra historia. La corrupción y el saqueo de los recursos públicos han sido causas principales de la crisis humanitaria que padecemos. En relación con el sistema de salud, Venezuela atraviesa una emergencia humanitaria compleja. Enfermedades prevenibles como la difteria, el sarampión y la malaria, ahora azotan otra vez a toda la población. Por falta de medicamentos y reactivos las emergencias de los hospitales públicos están inoperativas, los quirófanos están cerrados y los laboratorios y bancos de sangre no funcionan. En Venezuela la gente está muriendo por falta de atención médica. Estamos frente a una crisis alimentaria que ha afectado el estado nutricional de los venezolanos, aumentando la malnutrición en la población infantil y de adultos mayores. El régimen chavista-madurista ha traído hambre, hiperinflación, escasez de medicinas y de alimentos; y para mitigar esta crisis y no llegar a la hambruna generalizada, el estado debe permitir la ayuda de organismos internacionales.

Hoy de nuevo es Estados Unidos, como lo hizo hace más de 200 años, quien protagoniza el grupo de países y organizaciones que nos están prestando ayuda. Atendiendo a la petición del presidente interino Juan Guaidó se están movilizando y transportando medicamentos de ayuda humanitaria, suministros quirúrgicos y suplementos nutricionales que con urgencia aquí necesitamos. Pero el régimen se empeña en mantener cerradas las fronteras y ha ordenado no autorizar la entrada ni de limosnas, ni de ayuda humanitaria.

En Venezuela nadie quiere la violencia y nadie quiere una intervención militar. Pero para desalojar a Nicolás Maduro y a su cúpula narcotraficante, un tirano que con el uso de la fuerza se mantiene en el poder y somete a todo un pueblo, se hace necesario e inminente el uso y la intervención de la fuerza militar.

*Abogado
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@JMColmenares