¿Qué libro no prestarías jamás?

A todos los que respondieron, con gratitud

Los motivos para no prestar nuestros libros pueden parecer diversos. Sin embargo, tal vez todos obedecen a un tipo de amor que, como pensara Julio Ramón Ribeyro, es de carácter físico, posesivo y suspicaz. «El amante de los libros… —dice el narrador peruano— los ama en sí mismos como cuerpos independientes y vivos, como conjunto de páginas impresas que es necesario no solamente leer, sino palpar, alinear en un estante, incorporar al patrimonio material con el mismo derecho que al bagaje del espíritu. El amante de los libros no aspira solamente a la lectura sino a la propiedad».

Es un hecho: cuando se nos hace imposible desprendernos de nuestros libros es porque esa bibliografía se ha adherido de manera inseparable a nuestra biografía. Para un amante de los libros no existen los ejemplares en serie. Su libro es único no solo porque lleva sus marcas, sino porque el contenido de espacio y tiempo de su lectura resulta insustituible. Para este tipo de apasionados prestar un libro equivale a desmembrarse, y perderlo, a una amputación existencial. De allí que la mayoría prefiera no correr riesgos y aferrarse a sus libros dilectos como quien evita una fractura irreparable en el corazón de su biblioteca.

Semejante recelo es propio de los amantes desconfiados, y acaso lleven mucha razón en sus precauciones: el mundo de la lectura está poblado de esa raza de seres malignos que no devuelven los libros, y cuyas bibliotecas han sido construidas con el saldo de los amores robados. Frente a ese peligro, la desconfianza de los lectores queda plenamente justificada.

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Hace unos días, mientras pensaba cuál de mis libros no prestaría jamás, se me ocurrió lanzar esa pregunta a los seguidores de mi cuenta en Instagram. La reacción de los lectores me tomó por sorpresa. Yo esperaba recibir dos o tres respuestas a lo sumo, pero durante veinticuatro horas me llegaron más de setenta. Un número nada desestimable en lo que respecta a sugerencias literarias, provenientes en su mayoría de lectores venezolanos, que es el grueso de seguidores de mis redes sociales. Esas respuestas fueron además una declaración de amor pública hacia aquellos libros pertenecientes a la distinguida estirpe de las obras imprestables. Pensé, luego de leer todas las respuestas, que no hay mejor recomendación de un libro que aquella que viene acompañada de un rotundo no al momento de solicitar su préstamo. Nada como un amor posesivo para azuzar la curiosidad por el objeto amado.

Por eso he querido compartir esas respuestas y mantener en el anonimato a mis seguidores, porque lo verdaderamente importante en este caso son esos libros que, por diversas razones y sinrazones de amantes, sus dueños jamás nos prestarían. Ningún lector obsesivo puede resistirse a semejantes precauciones bibliófilas sin tomar debida nota.

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Como dicta la estadística del lector contemporáneo, la novela resultó el género más recurrente entre las respuestas. Rayuela de Julio Cortázar fue la más citada, e incluso algunos aseguraron tener una primera edición —la de Sudamericana publicada en Buenos Aires en 1963—, y hasta un ejemplar intervenido por sus propias manos, lo cual evidencia los niveles de alteración material que se permiten algunos lectores con el objeto de su deseo. Otra novela que recibió varias menciones fue Santiago se va del venezolano José Urriola, libro que obtuvo el II Premio Latinoamericano al Diseño Editorial por la Fundación El Libro de Argentina. También fueron distinguidas como imprestables las venezolanas Liubliana de Eduardo Sánchez Rugeles y Contigo en la distancia de Eduardo Liendo. Asimismo resaltaron las novelas hispanoamericanas Sabor a chocolate de José Carlos Carmona, Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, Un mundo para Julius de Alfredo Bryce Echenique, y El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. Del Nobel colombiano no faltaron quienes nombraran Cien años de soledad, pero haciendo énfasis en dos ediciones especiales: la que preparó la RAE en 2007, y la que se publicó con motivo de los 50 años de la novela, que incluye las bellas ilustraciones de Luisa Rivera. Consciente acaso de los muchos libros que contiene esa novela (y de todos los libros que perdería en caso de que no se la devolvieran), un lector salió en defensa del Quijote, en la edición publicada por la RAE en conmemoración de los cuatrocientos años del clásico cervantino.

Otras novelas mencionadas fueron Seda de Alessandro Baricco, En el camino de Jack Kerouac, Drácula de Bram Stoker (en la edición de Oscar Palmer Yáñez), El último encuentro de Sándor Márai, La historia interminable de Michael Ende, La romana de Alberto Moravia, One y Juan Salvador Gaviota de Richard Bach, La hora 25 de Constantin Virgil Gheorghiu, Flatland: A Romance of Many Dimensions (traducida al español como Planilandia: Una novela de muchas dimensiones), una obra satírica de Edwin Abbott Abbott, y una singular edición de Robinson Crusoe de Daniel Defoe, cuyo dueño afirma que vino encartada nada más y nada menos que en un ejemplar de Condorito.

La narrativa breve tuvo una modesta aparición con apenas dos títulos: La geometría del amor, volumen de relatos de John Cheever, y Puentes como liebres y otros cuentos de Mario Benedetti. Menos desestimados resultaron los libros de poesía. La divina comedia de Dante Alighieri obtuvo una mención, así como la Antología poética de la portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen. Tres poetas venezolanos cuyos libros, en efecto, resultan difíciles de prestar, ocuparon las respuestas de los lectores: La inquietud, la poesía reunida de Alberto Barrera Tyszka, El reino donde la noche se abre y Obras completas de Hanni Ossott, y la Obra entera de Rafael Cadenas.

La nostalgia de ciertos lectores por el terruño venezolano quedó patente en su preferencia por libros como Objetos no declarados de Héctor Torres, Caracas a pie de Juancho Pinto y José Carvajal, y Mi cocina de Armando Scannone, un clásico de la gastronomía venezolana que más de un viajero habrá empacado entre sus más íntimas pertenencias.

No faltaron tampoco los libros de carácter autobiográfico o testimonial como Cosas que los nietos deberían saber del músico Mark Oliver Everett, Recuerdos, sueños y pensamientos, volumen autobiográfico de Carl Gustav Jung, escrito en colaboración con Aniela Jaffé, y el conmovedor Lo que no tiene nombre, libro sobre el duelo en el que Piedad Bonnett evoca la pérdida de su hijo. También se hicieron presentes los Diarios de la poeta Alejandra Pizarnik, La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro, los Diarios amorosos de Anaïs Nin, Cartas de la monja portuguesa de Mariana Alcoforado (libro cuya autoría aún se desconoce si es real o inventada), y el paquidérmico ejemplar Borges, el registro que Adolfo Bioy Casares llevó durante más de cuarenta años de sus encuentros con Jorge Luis Borges. Un libro de más de mil seiscientas páginas que fue sacado de circulación hace ya varios años por órdenes de María Kodama. De tenerlo, yo tampoco se lo prestaría a nadie.

En materia de libros de índole reflexiva y teórica se citaron Las bodas de Cadmo y Harmonía de Roberto Calasso, De lo espiritual en el arte de Vasili Kandinsky, El procedimiento silencio de Paul Virilio, La razón melódica de la venezolana Valentina Marulanda, y en un tono más jocoso, Se sufre pero se goza, del también venezolano Laureano Márquez.

Dos libros de ilustradores entraron en la categoría de imprestables: Emigrantes, del artista australiano Shaun Tan, obra que obtuvo el premio al Mejor Libro Ilustrado. Angoulême 2008; y La noche estrellada del taiwanés Jimmy Liao. Asimismo fue mencionada con entusiasmo la singular Enciclopedia de las cosas que nunca existieron, escrita por Michael Page e ilustrada por Robert Ingpen.

En el campo de la fotografía y el diseño resaltaron Sobre la fotografía de Susan Sontag, y La Emblemática de Gerd Leufert, editado por la Galería de Arte Nacional y diseñado por Álvaro Sotillo; libro que obtuvo el premio Letra de Oro en 1985, máxima distinción del concurso Los libros más bellos del mundo de la Fundación Arte del Libro de Leipzig. Sobradas razones para conservarlo bajo llave.

Entre los lectores hubo incluso quien, siguiendo acaso el criterio de literatura expandida a otros soportes, nombró The Legend of Zelda, una serie de videojuegos de acción-aventura creada por los japoneses Shigeru Miyamoto y Takashi Tezuka. Por lo visto, todo cabe en la comarca de la ficción y las redes sociales.

También escribieron aquellos que, más que inclinarse por un ejemplar en particular, optaron por no prestar a nadie, nunca, ningún libro de los siguientes autores: Edgar Allan Poe, Haruki Murakami, Ryszard Kapuściński, Aquiles Nazoa, Clarice Lispector, Isaiah Berlin y J. R. R. Tolkien. Tampoco, claro, ninguno de la serie de Harry Potter, escrita por J. K. Rowling.

En ciertos casos, la imposibilidad de desprenderse de un libro reside en los subrayados dejados por su propietario. Un lector admitió que no podía prestar sus Obras completas de Sigmund Freud pues, aparte del valor intrínseco de esos tomos, tenían sus anotaciones. Otro alegaba similares razones para un ejemplar de Vivir para contarla, las memorias de García Márquez que venían acompañadas de otra memoria al margen de las páginas: los apuntes de un tío querido.

Otro tipo de marcas que le confieren un valor adicional al libro son las firmas de los autores, que en algunos casos pueden revalorizar de manera significativa el ejemplar. De este tipo de libros autografiados se mencionaron Del buen salvaje al buen revolucionario de Carlos Rangel, Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa, Venezuela, política y petróleo de Rómulo Betancourt, y La gran novela latinoamericana de Carlos Fuentes. Todos con la rúbrica del autor en las primeras páginas como una suerte de ancla en la biblioteca de sus dueños.

Por último, hubo más de un lector radical a quien no le tembló el pulso al responder un lapidario «ninguno» a la pregunta por el libro que jamás prestaría. Con eso dejaba en claro que no se trataba ya de un asunto de libros concebidos como ciudadanos ejemplares, sino de una ciudad de libros sitiada por un amor a prueba de distinciones y préstamos.

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Admito que me llegaron varias respuestas en mensaje privado que no se limitaron a la mención de un libro. Algunos lectores, en su mayoría venezolanos, confesaron que debido a una migración imprevista se encontraban en ese momento a kilómetros de sus bibliotecas —que es casi como estar alejado de dos patrias a la vez— y que por ello se les hacía penoso pasar revista de los libros que ya ni siquiera podían no prestar porque la distancia les impedía ese amoroso egoísmo. Una sensación de pérdida que refrenda la imagen de ese lector enamorado incapaz de compartir con los demás el objeto de su afecto, inclusive cuando este se halla fuera de su alcance.

Lo cierto es que no hay pregunta inofensiva cuando se trata de libros entrañables. La pasión suele ser tenaz, pero no deja tampoco de someterse a la voluble materia temporal de las emociones. Así, para un mismo lector puede ser tan intenso el placer de no prestarle a nadie su libro preferido como regalar ese mismo libro a la persona elegida. No hay nada escrito en el mundo de los lectores obsesos, por lo que la incapacidad para dar un libro muchas veces puede estar acompañada de los más inesperados desprendimientos.

Esto lo digo porque hace unos años le pregunté a una mujer qué libro de su biblioteca no le prestaría a nadie. Ella se levantó, se dirigió a uno de los estantes de su librero y regresó con una novela que puso en mis manos. Este, me dijo. Y luego añadió: te lo presto. Desde ese entonces ni la mujer ni el libro han dejado de estar conmigo.

Tal vez por eso, cuando al final de estas líneas me pregunto qué libro jamás prestaría, daría como respuesta: mi Kindle. Esa versión electrónica del libro de arena con la que procuro disimular mis verdaderos amores imprestables.

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