Elsa Cardozo: La política desalmada

Han abundado en estos días, en el tránsito de un año a otro, las advertencias sobre los desajustes internacionales que se han estado acumulando y las dificultades mayores que van gestándose en su despliegue. Se refieren a los reacomodos en el mapa político mundial de la distribución del poder, pero especialmente a la naturaleza de las motivaciones, la disposición y las estrategias para utilizarlo. Valga sumar, como trasfondo, pronunciados giros en las visiones sobre el orden mundial, con un nuevo aliento la tradicional realpolitik y sus referencias nacionales y de soberanía, mientras que pierden impulso las iniciativas liberales y las propuestas de renovación de acuerdos e instituciones internacionales que hagan al mundo humanamente vivible.

En la balanza que se inclina a la también llamada política de poder están, entre otros casos, el brexit, las propuestas de los llamados liderazgos populistas en el resto de Europa, la política exterior de gobiernos como los de Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan en torno a la crisis en el Medio Oriente, o con sus propios énfasis, la iniciativa de “una zona, un camino” que entre Asia y Europa desarrolla el gobierno chino presidido por Xi Jinping, con su política de “hablar con todos, negociar con todos”. En ese platillo también debe colocarse el traspaso de la presidencia de Barack Obama a Donald Trump –a partir de las señales conocidas entre discursos y nombramientos– sobre el rumbo que la nueva administración republicana dará a Estados Unidos.

Hay muchos otros casos a considerar, tan diversos como Siria, Sudán del Sur o Venezuela. En efecto, las razones de la realpolitik, que siempre rondan por el mundo, se exacerban cuando ganan terreno gobiernos que para mantenerse en el poder no temen desafiar principios y normas de la institucionalidad internacional: ni las que regulan aspectos propiamente internacionales ni mucho menos las que en materia de derechos humanos afectan lo que sin escrúpulo alguno consideran un asunto de soberanía.

La pérdida de democracia está asociada a la pérdida de institucionalidad internacional. Es un círculo vicioso en el que la política desalmada es cultivada por los gobiernos, por sus desalmados asociados externos y por quienes optan por la tolerancia más o menos silenciosa.

Revertir ese impulso que multiplica toda suerte de males, para la sociedad y para su vecindario, es entonces tarea que requiere sólido convencimiento, organización e impulso interior, pero también convicción, comprensión y presión exterior.

Al común de los mortales nos toca, para comenzar, dejar de repetir que la política –toda y especialmente la internacional– no puede más que ser así de turbia, porque eso contribuye a que así sea y nos paraliza. Hay, en cambio, una comunidad internacional y un discurso distinto, de exigencias, que cultivar y promover entre personas, grupos, organizaciones, y algunos gobernantes.

Por la naturaleza de los daños que produce, la política desalmada es un problema de humanidad y de institucionalidad, y las más de las veces –si hacen falta razones de realpolitik– multiplicadora de problemas de seguridad internacional, por sí misma y en las redes que va tejiendo para protegerse. Desarmarla, o más bien “almarla”, no es imposible ni está solo en manos de los gobiernos.

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